Gastronomía

Curiosidades sobre las ostras y dónde comerlas en Almería

!Abre el apetito con 36 docenas, al estilo Versalles!

Crudas, palpitantes, irreverentes, libertinas… Así son las ostras. Me encanta esa potencia marina, ese sabor yodado, esos matices metálicos, la textura gelatinosa que ofrece cierta resistencia, como si masticaras tu propia lengua.. o ajena…

Mi primera experiencia con las ostras no fue nada bien. Creo que era 1998 y estabamos dos parejas de viaje por Galicia. En la zona del Mercado de la Piedra de Vigo y con presupuesto de estudiantes, optamos por entrar en un sitio con “ofertas” para turistas. Craso error. Fui el único del grupo agraciado por la toxicidad aleatoria de estos moluscos. Me sentí tan mal que estuve muchos años sin probarlas. Arcadas nada más olerlas.

Las sensaciones las describe mejor M.F.K. Fisher en su libro “¡Ostras!” de 1941: “Se sentía mal, y unos dedos fríos le rozaban en la piel obligándolo a encogerse, provocándole escalofríos. Luego le entraron náuseas violentas e insistentes. La debilidad era tal y tan horribles los calambres de estómago, que apenas podía levantar la cabeza. Las tripas le estallaron como si quisieran expulsar hasta el corazón…” En el relato de la Fisher, el protagonista muere.

Pese a estos reveses que da la vida, lo cierto es que hoy día, con toda la tecnología existente y el transporte en frío, se pueden comer sin miedo incluso en sitios alejados a sus zonas de producción.

Ostrofagia exagerada

Hay muchos motivos por los que las ostras son fascinantes, pero una de las que más me llama la atención la he encontrado en numerosos libros (especialmente franceses) del siglo XIX y principios del XX: El consumo por docenas y docenas como aperitivo a banquetes pantagruélicos. La historia registra la ostrofagia exagerada de muchos personajes famosos.

Uno de los ejemplos lo encontramos en el “supremo código de los gastrónomos”, la ‘Fisiología del Gusto’ de Brillat Savarin, donde se puede leer: “Las ostras suministran poca substancia nutritiva, lo cual es causa de que puedan consumirse muchas, sin perjudicar la comida que inmediatamente sigue”. En sus páginas, Savarin explica como “en otros tiempos, cualquier festín (…) comenzaba por ostras, y siempre había convidados numerosos que solo paraban después de comer una gruesa” (doce docenas, 144 ostras).

Unas líneas después narra la anécdota ocurrida en Versalles en 1798, cuando invitó a casa al señor Laperte, apasionado de las ostras y que se quejaba de que nunca había comido cantidad suficiente para saciarse. En su comedor contempló como engullía 36 docenas (432) y no quedó saciado. Luego, en la comida posterior, el señor Lapente “demostró tanto vigor y firmeza como hombre en ayunas”.

Me tienta tanto este asunto, que en una ocasión, en un taller de apertura de ostras organizado por Daniel Sorlut en Madrid, le pregunté al representante de la empresa cuál era su récord de ostras de una tacada: 112 fue su respuesta.

Algún día comeré 112 ostras o 36 docenas en una sesión. Teniendo en cuenta su precio, cuando sea rico. Bueno, o pobre del todo, porque como escribía Charles Dickens en ‘Los Papeles del Club Pickwick’ (1836): “… cuanto más pobre es un lugar, mayor parece la demanda de ostras. Vea si no, señor, que aquí hay un puesto de ostras cada seis casas… toda la calle está llena. Que me aspen si no creo que, al verse pobre un hombre, sale disparado de casa y se va a comer ostras por pura desesperación”.

Y esta relación de las ostras con la pobreza tiene que tener algún sentido histórico. Aunque hoy día se consideren un manjar, no creo que fuera precisamente un hedonista el primero en llevarse una ostra a la boca. Un hambriento tuvo que ser. Aunque hay países, como Estados Unidos, donde hay tantas ostras (incluidas de cultivo) que no son nada caras, incluso hoy día. Allí se consumen más de 150.000 toneladas anuales de este molusco.

Dónde comer ostras en Almería

Pero vamos al lío. ¿Dónde comer ostras y ostiones en Almería? Pues hay unos cuantos sitios donde disfrutarlas con confianza y alegría.

Valentín (Almería)

Valentín es un paraíso del molusco. Suele tener ostras, pero también concha fina, escupiñas, coquinas, almejas. Para darse un festín de vez en cuando.

Bacus (Aguadulce)

Las “ostras on the half shell” son todo un clásico de Bacus, gastrobar que acaba de cumplir su décimo aniversario. También han incorporado “ostras con leche de tigre”, aprovechando el tirón que tienen los ceviches entre su clientela.

Raspa Bar (Aguadulce)

La Raspa es hoy por hoy uno de los locales más interesantes de Aguadulce desde el punto de vista gastronómico. Y es de agradecer poder iniciar un comida o cena con una ostra de calidad.

La Ruta (Almería)

Uno de mis bares de tapas favoritos de la capital que suele completar su oferta los fines de semana con ostras. No suelen ser ni mi calibre ni variedad favorita, pero siempre caigo en la tentación.

Lo voy a dejar aquí, porque el cuerpo me pide acodarme en una de estas barras a envilecerme con una docena de ostras. ¿Recomiendas algún otro sitio de Almería para comer ostras?

¿Eres un glotón o hedonista irredento? Pues no dejes de visitar nuestra sección de gastronomía.

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Curro Lucas

Periodista especializado en gastronomía y nutrición por la Universidad Complutense de Madrid, escribe desde hace años casi en exclusiva de gastronomía y viajes. Forma a periodistas y blogueros de todo el mundo a través de la plataforma digital The Foodie Studies y le encanta cocinar para los amigos. También tiene (abandonado) un blog de recetas y rocanrol que se llama Recetas en Tres Acordes. Ha viajado por 20 países y le sabe a poco.

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