Cultura y ocioDesde mi ventana

Un rincón evocador

Cerca de la Catedral, en la calle José Ángel Valente, el Convento de las Puras acapara las miradas de un rincón tan bello como desconocido

Cuando, desde la calle Lope de Vega se ingresa en la desarbolada plaza de la Catedral, debe decidirse qué camino tomar entre las muchas bocacalles que en aquella confluyen. Opté por girar hacia el oeste, sabedora de que aquella dirección me adentraría en el corazón de la antigua ciudad. En mi camino pensaba que hasta llegar a la que fue Mezquita Aljama, no encontraría, acompañando mi recorrido, más que simpáticas casitas bajas o de un solo piso, con hermosos balcones y enormes puertas.

Pero mi paseo iba a tener una recompensa inesperada, pues al bordear un intempestivo edificio, recientemente construido, miré distraídamente hacia la derecha y quedé cautivada por la belleza del rincón que tenía ante mí: veía una sólida torre, no muy alta, que sobresalía junto a una pequeña fachada de piedra, cuyo únicos adornos se concentraban en realzar su adintelado pórtico: la piedra labrada con motivos vegetales, las columnas, los escudos y la imagen que coronaba el conjunto, parecían no tener otra misión que la de ennoblecer el portalón que, sin duda, daba acceso a un lugar de oración. Me pareció que aquel recoleto lugar se ofrecía a quien pasea como un inesperado regalo.

Me acerqué entusiasmada, pues desde la esquina de la calle Sánchez Toca, no se veía la fachada completa, debido a aquel inoportuno edificio de nueva planta. Pude observar, aliviada, según avanzaba, que el edificio que parecía formar ángulo recto con mi atractivo hallazgo, interrumpía la línea recta y la quebraba oblicuamente, dejando ver completa aquella hermosa fachada. Comprobé que la puerta estaba cerrada en aquel momento, así es que me detuve en la contemplación exterior de tan encantadora construcción.

Convento de las Puras

Iglesia Las Puras – Calle José Ángel Valente. Foto: Domingo Leiva

Un oficioso vecino, al ver mi interés por aquel rincón, se acercó solícito, dispuesto a satisfacer mi curiosidad, con el conocimiento que le daba el haber vivido toda la vida en aquel barrio: efectivamente, me informó de que estaba ante la capilla de un cenobio femenino, el Convento de las Puras y además me puso al corriente de que cuando el antiguo edificio colindante, al que sustituye el actual, estaba en pie, existía un angosto callejón o pasaje, por el que cualquiera podía transitar para llegar desde aquel rincón a la plaza de la Catedral. Pasaje hoy desaparecido, enterrado en el hormigón de los nuevos tiempos. Lamentamos juntos este atropello a la fisonomía de la ciudad y me despedí de mi amable interlocutor.

Estaba deseosa de recorrer el contorno de aquel edificio, ya que no me era dado en ese momento, visitar el interior. Proseguí mi paseo pegada a sus muros, no pudiendo evitar mi desconsuelo, viendo que los dos edificios más cercanos al Convento desentonaban estéticamente, tanto el adosado a aquél, como el que inicia la calle José Ángel Valente: una casa de pisos, construida probablemente en los años 70 del pasado siglo. Afortunadamente. La calle continúa bordeada con casas de digna apariencia, como la de nuestro querido poeta. Casas que, aunque también construidas en el siglo XX, no desentonan con la minúscula pero delicada portada y las altas paredes.

Cánticos litúrgicos

Calle José Ángel Valente con Alcazaba al fondo. Foto: Domingo Leiva.

Pronto descubrí un callejón, en donde los muros, que cambian de dirección, se alzan orgullosos y sólidos, desafiando al que pretendiera transponerlos, garantes de la paz y el recogimiento que, sin duda buscan las que allí han elegido recluirse e imaginé sus cánticos litúrgicos, escapando por las celosías, y ascendiendo suaves y melodiosos hasta la torre e inundando azoteas y terrados de aquel afortunado barrio, con el eco de delicadas voces.

Satisfecha con tal hallazgo, recorrí la estrecha travesía una y otra vez, disparándose mi imaginación, disfrutando al pensar que, muy bien aquellas piedras pudieron ser testigos de secretas citas de misteriosos embozados o de pendencias de espadachines, amparados por la soledad de tan angosto pasadizo, de intentos de raptos de deseadas novicias, de desesperadas fugas de damiselas obligadas a profesar… en fin, desfilaban ante mí una sucesión de hazañas, lances y, por qué no, tragedias, todas ellas propiciadas por la singularidad del lugar en el que me encontraba. Entonces vi atisbos de la Almería castellana, la ciudad que despertaba a una nueva visión de la existencia, incorporándose a la Edad Moderna. Y quise creer, que en aquellos vericuetos aún palpitaba esa vida, que tan bien conocemos, gracias a nuestros escritores del Siglo de Oro. Un rincón verdaderamente evocador.

Texto: Elisa Palomo Caravantes, licenciada en Derecho

Convento de las Puras.
Convento de las Puras. Foto: Domingo Leiva

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