Cultura

Al otro lado

Un viaje a la infancia de Paco Calavera y su pasión por el cine

Sin cine no hay vida. Y menos para alguien de una tierra en la que absolutamente todo el mundo ha trabajado alguna vez en una película, antepasados incluidos.

Por lo que más nos conocen en el resto del mundo no es por la agricultura, las tapas ni las playas. Es por el cine. La puerta a descubrir todo lo demás es esa.

Que Clint Eastwood, Quentin Tarantino o Steven Spielberg digan cada dos por tres en las entrevistas la palabra Almería… no hay millones de dinero público pagados a ningún artista que puedan aspirar a conseguir semejante efecto. 

Steven Spielberg, Harrison Ford y Connery. El cine de Paco Calavera.
Steven Spielberg, Harrison Ford y Connery

Mi padre trabajó durante un tiempo como carpintero en producciones europeas de principios de los setenta, antes de irse a hacer la mili al Sáhara.

Por ejemplo, la carroza en la que va Louis de Funes en “Delirios de grandeza”, la hizo él. 

Tierra de cine

Louis de Funes en la carroza

Mi abuelo llevaba la locomotora del tren de una superproducción cuyo título no recuerdo ahora. Mis tíos y mis tías, como comerciantes árabes, contemplando a un Marcus perdido con los nazis pisándole los talones en La Última Cruzada.

Amigos en la plaza de toros observando como Brian de Palma dirige un atentado. Mi novia pidiendo un autógrafo vestida de comunión a Harrison Ford en la puerta de su habitación de hotel en Aguadulce, Juan el taxista conociendo a su novia a las órdenes de Ridley Scott caracterizados como exóticos mercaderes de vete a saber qué siglo, el reparto de “Juego de Tronos” tapeando por el casco histórico y el Najar disfrazado de picoleto por decisión de David Trueba.

Juego de Tronos Almería

Michael Fassbender tomando un cóctel en “El vino en un barco”.

Bardot, Cardinale y demás diosas europeas tomando “guachinais” en el barril del parque Nicolás Salmerón o John Lennon y Ringo Starr durmiendo en el Delfín Verde.

Javier Bardem comprando camisetas en “Cinema Riot”; Aristaráin filmando a los titanes Roth, Poncela, Luppi y Botto en la casa de Mojácar y Aristarain joven de auxiliar de dirección de Sergio Leone en “Hasta que llegó su hora”.

Paco Barrilado en cientos de películas dejándose el tipo en mil peleas, Fernando Colomo preparando futuros proyectos en Aguamarga, Sean Connery diciendo “Nunca digas nunca jamás” en el Parque Natural.

Fernando Colomo en el Teatro Cervantes

David Lean deslumbrando al Spielberg niño con la luz y la grandeza de nuestros paisajes en “Lawrence de Arabia” … ¿Sigo? Da para 20 libros.

Cines de verano

Y luego estaban los cines de verano. Muchísimos. De mi infancia, de los ochenta, recuerdo el San Miguel, el Bahía, los Cármenes…

Aquellos programas dobles con las terrazas atestadas de gente, de cuando ver una película era una experiencia colectiva. Ver una película en una pantalla gigante con un montón de desconocidos. Obvio, ¿no? Pues para mucha gente ya es algo raro. 

Ahora los cines de verano son itinerantes y las películas las programa el ayuntamiento de turno. Todas familiares, correctas y aptas para todos los públicos.

En aquella época los programas dobles podían ser imposibles y salvajes. Bruce Lee mostrando su repertorio de golpes de jet kun do; Bud Spencer y Terence Hill repartiendo hostias; Michelle Pfeiffer convirtiéndose en halcón; el dibujo de Olivia Newton-John cobrando vida y saliéndose del mural; Jeff Bridges metiéndose en un videojuego; 007 seduciendo a una femme fatale; Los Hermanos Marx desvalijando un tren al grito de “¡más madera!; serie b postapocalíptica a la sombra de “Mad Max”; space ópera de serie z a la sombra de “La guerra de las galaxias” y los jóvenes universitarios en sus comedias gamberras de la era Reagan.

La ultraviolencia de Sam Peckinpah, mujeres de diez metros totalmente desnudas. Ya fuese con Jaimito, en los últimos coletazos del destape patrio, o en hermandades estadounidenses, tiburones tiñendo el mar de rojo, carcajadas incómodas ante el siempre asombroso y provocador primer Almodóvar

La oportunidad

Álvaro Vitali en Jaimito

La globalización no había llegado y todo era más heterogéneo. 

El olor a jazmín de Ciudad Jardín, indicaba que se avecinaba la mejor noche de tu vida.

El cabreo se me pasaba a la salida, cuando podías ver los carteles del próximo programa doble.

A veces, si la película era aburrida, jugaba a mirar el cielo y pedir deseos a las estrellas fugaces. El deseo siempre era el mismo; pasar al otro lado de la pantalla. 

Los vecinos de los pisos colindantes viendo las películas desde el balcón, mi padre preguntando al taquillero si la película estaba bien y mi madre tocándome el corazón para saber si la historia era demasiado fuerte. O tapándonos los ojos a mis hermanos y a mí, o levantándonos al comienzo de la segunda película porque ésa no la podíamos ver nosotros, que era lo que más odiaba.

Con casi 42 se ha cumplido, amigas y amigos. Es un papel pequeñito, pero es el primero en la pantalla grande.

En la comedia de Álvaro Díaz-Lorenzo “Los Japón”. Con Dani Rovira, Álvaro Carrero, María León y un reparto coral e internacional.Vosotros la podréis ver en salas en junio. Resulta que sí, que a veces los sueños se hacen realidad.

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